Si tuviera que transmitirte una sola idea después de leer este artículo, sería esta: aunque somos un todo, también somos duales; pensamiento y sentimiento conviven en nosotros y no siempre avanzan al mismo ritmo.
Una parte de nosotros intenta comprender, ordenar y encontrar explicaciones. Otra parte experimenta, siente y reacciona desde un lugar que no siempre podemos explicar con palabras. Podemos entender racionalmente lo que nos ocurre y, sin embargo, seguir sintiéndolo de la misma manera.
Y después está ese otro mundo que muchas veces llamamos ‘caos’: el mundo de las emociones. Ahí conviven la alegría y la plenitud con la desolación más absoluta; el deseo y la desilusión; el amor y la pasión, pero también la traición y el desengaño.
En definitiva, un mundo emocional que se construye en constante interacción con nuestro entorno más cercano. Cada persona tiene su propio código emocional. Podemos compartir experiencias similares, pero los matices de nuestra historia hacen que las vivamos de una manera completamente diferente.
“Sandro, si yo sé lo que me pasa, pero no puedo cambiarlo”.
En muchas ocasiones durante una consulta o en sesión, es esta frase se repite bastante.
Esto sucede porque hay mucha distancia entre sentimiento y pensamiento. Esto de la distancia entre pensamiento y sentimiento no es una deficiencia o algo irremediable. A veces, lo que creemos que nos pasa es solo una parte de lo que realmente estamos viviendo. Es así de simple: hay algún elemento en la ecuación que no estás teniendo en cuenta.
¿Y cómo hago para poder aprender de esta parte emocional?
La respuesta empieza por aprender a escuchar aquello que sentimos, incluso cuando todavía no sabemos ponerle nombre. Saber lo que me pasa es una interpretación de mi hemisferio izquierdo (parte racional), pero lo que me pasa es un sentimiento o sensación que ocurre en mi hemisferio derecho (parte emocional). Por eso, a lo largo de nuestra vida, una misma situación puede adquirir significados diferentes. Nuestra manera de percibirnos, de relacionarnos y de gestionar lo que sentimos también se desarrolla con el tiempo y lo que un día nos ha parecido una cosa, hoy la percibimos de manera diferente.
Todo lo que te pasa tiene mucho que ver con la forma en que te percibes y, por consiguiente, todo lo que te pasa es por tu forma de interactuar con tu entorno. Tenemos una idea preconcebida de quiénes somos. Se construye a partir de lo que nos han dicho, de cómo hemos aprendido a reaccionar ante determinadas situaciones y de muchas otras experiencias. También influyen las tendencias del momento, los códigos familiares y determinadas creencias limitantes que podemos llegar a hacer nuestras casi sin darnos cuenta.
Saber lo que me pasa es importante, pero no siempre es suficiente. La verdadera clave está en comprender qué sentido tiene lo que me está pasando y en qué punto del conflicto me encuentro para así poder identificar el tipo de conflicto y el tiempo que llevo arrastrando. También puede ser útil observar si aquello que nos ocurre se repite: en nuestras relaciones, en nuestras decisiones o en la forma en que reaccionamos ante determinadas situaciones.
Como podéis ver, mi punto de vista siempre es el de la responsabilidad hacia lo que vivo, porque, aunque yo sepa lo que me pasa a un nivel cognitivo (hemisferio izquierdo), no soluciono nada a nivel emocional (hemisferio derecho).
Ahora, imaginemos a un hombre de treinta años que quiere iniciar un proyecto, pero tiene tanto miedo a fallar que finalmente ni siquiera lo intenta. Él sabe perfectamente qué le ocurre: tiene miedo a fracasar. Puede incluso explicarlo, razonarlo y reconocerlo. Pero saberlo no consigue que deje de sentir ese miedo.
Vámonos a la parte emocional: Se trata de un hombre que, cuando era niño, tenía un hermano que era muy bueno en todo y recibía todos los halagos de sus padres. En cambio, este niño no era tan bueno y solía fallar o suspender más que su hermano, y sus padres solían compararlos.
Ya podéis entender por qué este hombre, con treinta años de edad, le da mucho miedo fallar. Le conecta directamente con la sensación de abandono que sentía cuando era niño.
De niño aprendió, a través de las comparaciones, que equivocarse podía significar no estar a la altura o perder reconocimiento. Años después, una situación aparentemente distinta puede volver a activar esa misma sensación.
El mundo emocional es una forma totalmente distinta de entendernos y, quizá por eso cambiar no consiste únicamente en saber qué nos pasa. A veces necesitamos comprender qué hay detrás de aquello que sentimos para poder relacionarnos con ello de una manera diferente.
El mundo emocional sigue siendo, en muchos sentidos, una de las grandes tareas
pendientes de nuestra sociedad.
Sandro Liñana.